Es probable
que viva y muera solo, como lo firmó el destino hace muchos años. Es probable
que me vaya sin despedida, nadie a mi lado para el último adiós. Es probable
que el mar me atrape sin vueltas, el amor se disolverá como mis ideas en la
boca. Es probable que al morir, nadie reclame una herencia, no existe ser al
que yo le quiera dejar una mínima fortuna, ni ninguno que desee recibir algo de
mis brazos. Mi camino es directo al portón que esconde verdades inusitadas sobre
el violento abrazo de la adversidad y el egoísmo implícito en ese saludo a
distancia, en el ayer. Es probable que si me siento a esperar, la calle se
desdibuje, y me caiga en un precipicio imaginario para todos y real para mí, tan
real como mi imaginación agobiada de susurros violentos y besos desalmados. Es probable
que las lágrimas artificiales cobren vida y me desgane en llantos atónitos,
mientras el mirador de vidrieras me fulmina en curiosidad. Es probable que
nunca ame ni sea amado, que nadie me desee, que para nadie sea interesante
convivir conmigo, que ninguna se anime a que la ame. Es probable que viva escribiendo escuchando música para tapiar las ventanas
que no dejan entrar el sol, y mi mundo se transforme en una tristeza andante, como
yo. Es probable que falle siempre y que no consiga nada que se asemeje a una
compañera. Es probable que la probabilidad de reclamar un sueño sea
proporcional a vivirlo, el sentimiento es mutuo en el ideal del positivo, del boomerang
de lana y metal. Lo lindo de la probabilidad, es que es simplemente un
porcentaje. Nada de precisos a la hora de vivir.
Escribir inspira. Abre puertas. Te da campos para cultivar la imaginación. Te hace pensar. Te llena de dudas, y muchas veces también de respuestas. Pero más importante, es leer.
Letras
"Todo mañana es la pizarra donde te invento y dibujo, pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio, esa sonrisa." Cortázar.
"Schopehnauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir, hojearlas, soñar." Borges.
"La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio". Cicerón
"La libertad está en ser dueños de la propia vida". Platón.
"Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer." Paulo Coelho
"En las adversidades sale a la luz la virtud." Aristóteles
"Lo que crece como resultado de la rudeza de los ignorantes no tiene efectos a no ser por casualidad". Umberto Eco
domingo, 26 de julio de 2015
domingo, 17 de mayo de 2015
Olympus.
El auto parecía avanzar sin que existiese el tiempo. El sol,
de cara a mi conciencia, me anunciaba el atardecer. Estaba fresco, quizás por
la velocidad, quizás por mi desorientado sentido del abrigo. La radio había
perdido la señal, la ruta era semidesierta. Las montañas a lo lejos, dando el
cuadro pintoresco. La amargura del camino dejado, el costado de lo que cultivo,
el ir y venir al destino incierto e insidioso, una sombra en mi cultura
anegada. Manejaba sin prisa, disfrutando el moverme. El motor se peleaba con el
viento para llegar a mis oídos. Me quedaba combustible, pero ya había tomado la
decisión de, en caso de encontrar una estación, frenar.
Luego de
la curva que bordeaba una especie de lago artificial, vi un cartel. “5 km combustible”.
Me relajé, la tensión del pensar en el remolque se alejó. La estación tenía un
techo dos aguas, dos surtidores en línea, un auto viejo estacionado al costado
y dos motos. La entrada y la salida no tenían marcas, era tierra mezclada con
piedras. A los costados, el campo. A lo lejos, la noche, y el sol peleando con
la luna que reclamaba su turno. Detuve el auto pegado al primer surtidor. Descendí
y abrí la tapa del tanque, que susurró un “gracias” imaginario. Coloqué la manguera
en la tapa, e inicié la carga. Mientras, decidí caminar por el lugar. No salía
nadie. Dentro de la edificación, veía un mostrador, algunas mesas. Un hombre de
sombrero tomando un café. Otros dos en la barra sin hablarse, mirando la
madera. La mesera que iba y venía mintiéndose a sí mismo sobre la ausencia de
trabajo que había. Sonaba blues. “King”, pensé. En eso, sale un muchacho, me saluda
y se queda al lado del surtidor. Entonces, me acerqué al alambrado que separaba
todo del campo, y me encendí un Chesterfield, el segundo del día.
Era peculiar
el color rosado que aparecía entre el celeste platinado que invadía mi cabeza,
y el amarillento naranja rojizo que suavemente aterrizaba en el final. Era digno
el momento, tanto manejar había valido la pena. Cada vez hacía más frío, la
amplitud térmica de ésta zona era abismal. Sentía los pies fríos, el pantalón
inútil, la remera como un decorado. Me puse un buzo negro con capucha, y seguí
mirando. Justo aquí no había montañas, pero no había dudas que mis ojos
apuntaban al oeste. Había dos copos de un árbol proximal al molino, y unas
ramas de algunas plantas que crecían hasta cierta altura, como si la naturaleza
les dijera “hasta ahí, que van a tapar al espectador”. Se veía el horizonte, el
sol muriendo, con el amarillo fuego concentrado que quemaba todo intento de
día. La nostalgia me tocó el hombro, recordé atardeceres de verano en el barrio
de mi infancia, entrenamientos en el club de mi vida, días de lectura, noches
de amor, y un montón de cervezas con amigos. El sol no se iba, tenía tiempo
para seguir contando las estrellas imaginarias que habían caminado junto a mí. Busqué
sin éxito alguna nube para distraer la vista. Solo por encima del sol había
como un guiño, indefenso frente al cielo despejado. Siempre quería poder vivir
en el campo, pero yo digo que el humano debe vivir en el desastre para conocer
la relajación, al revés no sirve. Los grillos se presentaban, marcando tarjeta
para entrar a trabajar. Quería buscarlos, quería sentarme con ellos para
admirar más atardeceres del mañana. Estuve a punto de pedir un puesto de
trabajo, pero sabía que el amor me conduciría lejos de ése lugar. Detrás, la tecnología,
el auto, el ayer y el hoy. Adelante, la relajación, el vox populi, el
Panteón de Roma y la Torre Eiffel, la felicidad. Me sentía en el clímax, pocas
cosas podían relajar tanto como el silencio de la naturaleza y vos. Ni siquiera
el pasar de los autos, que era escaso, opacaba éste encuentro. El molino estaba
inmóvil, en un asta veía un pájaro que parecía admirar la misma belleza que mi
lóbulo temporal transformaba en recuerdo. Me acordé de ella y de mí, del beso,
del abrazo, del regreso, del mensaje diciendo “ansío verte”, de la respuesta diciendo
“estoy en camino”. Me acordaba del silencio, me imaginaba sentado en una piedra
mirando al norte, auscultando sin elementos los latidos de mi vida. Y entre
tanto, me sinceré conmigo mismo, de que era momento de continuar.
Escuché
el sonido agudo del tanque lleno. El muchacho que sacaba la manguera, y se
metía dentro del bar. El sol comenzaba a retirarse. Un pájaro que había visto
todo desde el molino tomó vuelo por encima de la línea del horizonte. Fue allí
cuando saqué mi cámara y tomé una foto. Aquí la adjunto.
![]() |
| Fotografía tomada con una Olympus 35 UC que había pertenecido a un viejo amigo. |
viernes, 15 de mayo de 2015
La Sombra del Viento - Carlos Ruiz Zafón (Citas)
- Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos.
- Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.
- "O sea, diez. No te pongas años de más,
sabandijilla, que ya te los pondrá la vida."
- Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño.
- Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño.
- Una de las trampas de la infancia es que no
hace falta comprender algo para sentirlo.
- No tenía sueño, ni ganas de tentarlo.
- "Saber no sabe nadie, ni Freud, ni ellas
mismas, pero esto es como la electricidad, no hace falta saber cómo funciona
para picarse los dedos." (Fermín hablando de las mujeres)
- "Pues mire, que no le sepa mal, porque lo
mejor de las mujeres es descubrirlas. Como la primera vez, nada de nada. Uno no
sabe lo que es la vida hasta que desnuda por primera vez a una mujer. Botón a
botón, como si pelase usted un boniato bien calentito en una noche de
invierno." (Fermín)
- "...
en ésta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio."
- "Alguien
dijo una vez que en el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien,
ya has dejado de quererle para siempre."
- Pensé en
lo mucho que deseaba refugiarme en aquella mirada huidiza que se temía
transparente, vacía. Pensé en la soledad que iba a asaltarme aquella noche
cuando me despidiese de ella, sin más trucos ni historias con que engañar su
compañía. Pensé en lo poco que tenía que ofrecerle y en lo mucho que quería
recibir de ella.
- El hombre
más sabio que jamás conocí, Fermín Romero de Torres, me había explicado en una
ocasión que no existía en la vida experiencia comparable a la de la primera vez
en que uno desnuda a una mujer. Sabio como era, no me había mentido, pero
tampoco me había contado toda la verdad. Nada me había dicho de aquel extraño
tembleque de manos que convertía cada botón, cada cremallera, en tarea de
titanes. Nada me había dicho de aquel embrujo de piel pálida y temblorosa, de
aquel primer roce de labios ni de aquel espejismo que parecía arder en cada poro
de la piel. Nada me conto de todo aquello porque sabía que el milagro solo
sucedía una vez y que, al hacerlo, hablaba un lenguaje de secretos que, apenas
se desvelaban, huían para siempre. Mil veces he querido recuperar aquella
primera tarde en el caserón de la avenida del Tibidabo con Bea en que el rumo
de la lluvia se llevó el mundo. Mil veces he querido regresar y perderme en un
recuerdo del que apenas puedo rescatar una imagen robada al calor de las
llamas. Bea, desnuda y reluciente de lluvia, tendida junto al fuego, abierta en
una mirada que me ha perseguido desde entonces. Me incliné sobre ella y recorrí
la piel de su vientre con la yema de los dedos. Bea dejó caer los párpados, los
ojos y me sonrió, segura y fuerte. “Hazme lo que quieras”, susurró. Tenía
diecisiete años y la vida en los labios.
- La muerte tiene éstas cosas, a todo el mundo le despierta la sensiblería. Frente a
un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver.
- “La espera es el óxido del alma.”
- “Hay
peores cárceles que las palabras”
- "¿Qué tiene?"
“Le podría decir a usted que es el corazón, pero lo que lo mata es la soledad. Los recuerdos son peores que las balas.”
“Le podría decir a usted que es el corazón, pero lo que lo mata es la soledad. Los recuerdos son peores que las balas.”
- Julián escribió una vez que las casualidades son las cicatrices del destino.
- “… mientras se nos recuerda seguimos vivos. Como tantas veces me ocurrió con Julián, años antes de encontrarme con él, siento que te conozco y que si puedo confiar en alguien, es en ti. Recuérdame, Daniel, aunque sea en un rincón y a escondidas. No me dejes ir.”
domingo, 3 de mayo de 2015
La tumba de la tristeza.
Cuando era niño, me gustaba pasear por el pueblo, caminar las cuadras sin pensar en un destino fijo. Entre los caminos, siempre terminaba rozando el viejo cementerio. Había muchas historias alrededor de él. Fantasmas, personas vivas, personas que nunca conocieron la luz del día, desaparecidos, animales, famosos. Nunca nadie pudo confirmar la veracidad de ninguna, pero tampoco, negarla con énfasis.
Un domingo bien temprano, mi madre me mandó a comprar pan y facturas.
Venían las abuelas, y había que recibirlas con honores. Me puse la campera, ya
que estaba fresco, y encaré por la avenida principal, en camino directo a la panadería.
No había noticias del sol. Al doblar por cuarta vez a la derecha, con otras dos
veces a la izquierda en el medio, choqué con el cementerio. No sé porque esa
mañana oscura me generó curiosidad. Decidí entrar. Entré.
El cementerio era un lugar pequeño en sí, acorde a un pueblo de tan
pocos habitantes. En el centro había un ángel de piedra, rodeado de un círculo
de pasto verde cortado con la mano por los hijos de los que visitan a los que
alguna vez les enseñaron la vida. Abajo del ángel, sobre la cerámica que lo
sostenía, estaba escrito algo. "Aquí descansan aquellos que se han ido.
Tenga a bien, respetar la voluntad del alma, en caso de no hacerlo, que su
conciencia sea su castigo." Me agarró un escalofrío al leer esto, yo era
de los que jugaba a la pelota contra el paredón sur del cementerio. Al
recorrerlo, empecé a conocer gente. Gerardo, Matías, Señora Gilmore, Alberto
Mastropiero, Francisco "El Loco" Tusseni. Cada uno, una lápida
diferente, una parcela diferente. Algunos eran queridos, ya que las flores
tenían color, y el nombre se veía de lejos. Y otros, fueron abandonados, sin
flores, lápida sucia, el pasto crecido, sin amor. Entre éstos últimos, vi una
lápida que me llamó la atención. Al acercarme, leí:
"Aquí descansa la
Tristeza".
No había fecha, ni mensaje de despedida. Nadie firmaba y, por lo visto,
nadie visitaba. Me genero curiosidad. Me acerqué y vi que la lápida tenía una
manija pequeña y redonda. Al tirar de la misma, salió un cajoncito. En él, un
cuaderno, con una sola hoja, amarillenta, gastada. Lo leí, y conservo el
recuerdo de lo que decía.
"La tristeza es auténtica
cuando se te dibuja sola la sonrisa invertida, se te hunde el pecho, se te
hinchan los ojos y se te corta la voz. La tristeza no puede ser un sentimiento
de presencia constante, no puede ser usada para generar algo, no puede tener
objetivos. La verdadera tristeza es una expresión involuntaria, que sale
directamente desde el alma, la cual está dolida. Entre las causas, hay muchas.
Ninguna define que es más o que es menos triste, el análisis es subjetivo, la
facilidad para desprender una lágrima depende exclusivamente de quien la
genera. Pero cuando sentís un vacío atónito y ciego, cuando sentís una muralla
que rodea toda intención de cambiar el ánimo. Cuando el hablar es inútil, el
dormir es irracional, el pensar en otra cosa no existe. Ahí es cuando realmente
estás triste."
Lo leí 3 veces, y las tres, medité. Pero no llegué a conclusiones. Se me
hacía tarde para que las facturas estén secas, asique, me fui. Al salir del
cementerio, caminé rápido, y en la esquina, una mujer me preguntó, porque
lloraba.
martes, 28 de abril de 2015
El Río del Olvido - Eduardo Galeano
La primera vez que fui a Galicia, mis amigos me llevaron al
río del Olvido. Mis amigos me dijeron que los legionarios romanos, en los
antiguos tiempos imperiales, habían querido invadir estas tierras, pero de aquí
no habían pasado: paralizados por el pánico, se habían detenido a la orilla de
este río y no lo habían atravesado nunca, porque quien cruza el río del Olvido
llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene.
Yo estaba
empezando mi exilio en España, y pensé: si basan las aguas de un río para
borrar la memoria, ¿qué pasará conmigo, resto de naufragio, que atravesé todo
un mar?
Pero yo
había estado recorriendo los pueblecitos de Pontevedra y Orense, y había
descubierto tabernas y cafés que se llamaban Uruguay o Venezuela o Mi Buenos Aires Querido y cantinas que
ofrecían parrilladas o arepas, y por todas partes había banderines de Peñarol y
Nacional Y Boca Juniors, y todo eso era de los gallegos que habían regresado de
América y sentían, ahora, la nostalgia al revés. Ellos se habían marchado de
sus aldeas, exiliados como yo, aunque los hubiera corrido la economía y no la
policía, y al cabo de muchos años estaban de vuelta en su tierra de origen, y nunca
habían olvidado nada. Y ahora tenían dos memorias y tenían dos patrias.
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