Letras

"Todo mañana es la pizarra donde te invento y dibujo, pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio, esa sonrisa." Cortázar.

"Schopehnauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir, hojearlas, soñar." Borges.

"La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio". Cicerón

"La libertad está en ser dueños de la propia vida". Platón.

"Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer." Paulo Coelho

"En las adversidades sale a la luz la virtud." Aristóteles

"Lo que crece como resultado de la rudeza de los ignorantes no tiene efectos a no ser por casualidad". Umberto Eco

miércoles, 26 de octubre de 2016

Ojos de perro azul - Gabriel García Márquez

     Entonces me miró.Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
     La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
     «Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
     Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
     Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
     Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
     Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
     Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
     Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
     Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».

En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: 'Ojos de perro azul´ -dije-. Si mañana las recordara iría a buscarte

jueves, 5 de mayo de 2016

El barrio

El barrio es el camino eterno al kiosco a comprar una coca y unas papas, el jugar al metegol con todas las monedas que tenés. Es el fútbol en la calle, es el saludo a la distancia con el vecino de enfrente. El barrio es conocer las calles por quien vive y no por su nombre. Es ir y venir de memoria, no hay mapas ni flechas, no hay duda al caminar. Calles con doble sentido sin importar nada mas que andarlas. Es el colectivo que dobla sobre tu vereda, que las luces te llegan a los pies de tu cama, es el chofer que te saluda. El barrio es los amigos, la familia, la seguridad insegura de andarlo sin pensar en nada. Lees esto y aun no sabes que es el barrio, porque el barrio es más que todo lo que podes aprender en un trabajo, en una escuela, en una universidad. El barrio te enseña a ser quien sos, de donde sos, y quizás a donde vas. El barrio te muestra los códigos, te enseña a pedir perdón, a ayudar, te da alegrías, tristezas y muchas enseñanzas. El barrio te presenta tus primeros amigos y tus enemigos por el fútbol, la escondida, la rayuela o la chica/chico del almacén que todos quieren enamorar. El barrio es leer la tapa del diario en patas sobre la vereda a las 6 de la mañana sin que te importe nada ni nadie. El barrio es todo lo que ahora extrañas. Y no me digas que no, porque todos daríamos lo que sea por volver a la infancia un ratito largo.

jueves, 18 de febrero de 2016

Para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos

     Entre los ruidos de la casa y el silencio de la calle, no sabía hacia donde correr. Se conocía de memoria la mentira y era austero hasta para respirar, pero no quería dejar nada al libre albedrío, sabiendo que el amor era su enfermedad. Se dispuso a desayunar entre honores y sabandijas, entre sillones y mesas de papel que no hacían más que decorar un mundo que no existía, solo era ficción. Mintio a si mismo para escapar, el ciego era manco en su ignorante y siniestro caparazón. Era único, era religioso, era amoroso hasta con los enemigos, pero no era inteligente, por lo cual, siempre perdía consigo mismo cuando de besos caricias y susurros se trataba.
     Entre su memoria y la realidad casi no habia diferencia, olvidaba más de lo que recordaba porque nos indicaba de que había sufrido más de lo que era capaz. La confianza estaba perdida y los besos era lo que más extrañaba, pero estaba dispuesto a arriesgarse por amor. Se sentaba en pleno verano sobre el banco de la plaza local, y se imaginaba en unos años caminando por algún barrio de techos bajos, de la mano del todo, entendiendo que para ser feliz era necesario confiar en si. Nunca hablaba de su pasado pero ese día se sentó frente a la mesa, y luego de 3 vasos de whisky lo vomitó todo, menos comida.
     Entre todo, si se trata de disfrutar, el silencio le tapaba los ojos, nada mejor que su propia sombra para escapar. Durante la mañana una mano y de noche unos ojos gigantes que lo miraban al revés de como se mira, sin saber como se hace. Ve sobre las montañas las grietas de la vida, la decoración del cielo que no hace más que invitar a mirar el atardecer sobre el lago azul en una mañana de esas que si el café no te ayuda es dificil de continuar, el frío del momento número cero. Se vestía en silencio mientras el tiempo le pasaba por adelante, se enamoraba de nuevo y al instante dejaba de querer, sabiendo que una vez que se llega al amor es dificil irse. Y como sabía esto, decidió vivir, nunca olvidó las caricias del ayer. La luna lo mojaba sobre los ojos, como si le marcara el error, el ver es un sentido de los más dificiles de aprovechar. Porque el sabor es inconciente, el olor es inevitable, el oido solo transmite, y el tacto reconoce. Pero ver, va más allá, ver es pura y exlusiva voluntad, por eso siempre digo que el que logra ver superando esa falsa linea imaginaria que vendria a poner un limite entre lo absurdo y lo amoroso, es el verdadero personaje destinado a ser feliz. De ahi la frase, creo yo, de Julio Cortazar que titula este texto.

lunes, 1 de febrero de 2016

Mina de carbon


                Cuando el terreno se había terminado de limpiar, vieron en el horizonte al sol ponerse sin sobresaltos. Creían que la visibilidad estaba disminuida pero en realidad, estaban tan cerca de él que podían tocarlo sin quemarse las manos. Sentían el calor intenso e incomprensible de la estrella iluminándolos a la par de las luces de la calle que empezaban a apagarse por miedo a ser vencidas.
                Vieron el espectáculo más hermoso al creerse inmunes a los efectos del amor. Se abrazaron en silencio y se ataron de pies y manos al destino, sabiendo que lo lindo de no saber es el efecto sorpresa, el argumento austero del porque eso se dio y eso no, el amago a la corona de gloria que una vez describió Borges. Sentían en sus espaldas el epilogo del ayer y del mañana chocar frente a frente en un duelo del que no se sale victorioso sino que se sale con vida.
                Armaron una especie de campamento alrededor de lo que una vez fue una mina de carbón. Se sentaron con un termo de café, libros, y se pusieron a entender el diseño de la Capilla Sixtina o se metieron en los pueblos que siempre cuenta Gabo, para los cuales hay que estar entrenado, es difícil comprender que Macondo sea algo tan maravilloso. Se comieron las palabras sin tener en cuenta las letras ni los besos, se armaron de paciencia cuando el fuego se consumió. Buscaron como prender lo que una vez había sido una llama eterna y entendieron que las vivezas cuestan mucho más que dinero o joyas.
                Entre los árboles y los pájaros entendieron que el mañana es una ruta sin curvas a la cual uno elige de qué modo subir a andarla. Entendieron que el siniestro atardecer que suaviza las golondrinas adoradas por la tenue luz del fin del día puede decorar casi cualquier paisaje menos el que retrata la nostalgia de lo que no fue ni nunca será. Entendieron que el animarse a más es obra de dos y que el frenar siempre es de uno, no existe relación que muera por decisión consensuada. Entendieron que la única realidad es la que vemos nosotros, la que saboreamos sin entender porque, no sirve que nos cuenten lo que no vivimos. Entendieron que el entender es obra de uno, es creer en lo que nos dicen, es comprender monosílabos o fórmulas, es disfrutar del presente sin querer razonar sobre lo que nos pasa, simplemente admirarlo.
                De golpe, la monotonía de la rutina los envolvió en sueños de una noche de verano. Abrieron los ojos de golpe, uno aquí y otro allá, lejos de los dos pero cerca de ambos. Uno creyó que soñaba, hasta que el pellizco autoinfligido mostró lo opuesto. Ella creía que caminaba, pero en realidad el sueño seguía siendo parte de su momento. Y entre tanto, aplaudieron, concientes de la inconciencia de saber que todo lo que gira para uno mismo, gira para el otro. De eso se trata cuando queremos tocar el sol. De eso se trata cuando leemos a Borges. De eso se trata cuando entendemos a García Marquez. De eso se trata el dormir, el caminar, el creer, el saber, el admirar y el ayer. De eso se trata el destino. De eso se trata vivir.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Train Station number two.

     Un hombre se encuentra de pie frente al mar, saboreando el destino de su suerte, de su malicia, de su Marlboro Box a punto de morir en sus labios. Siente la brisa del viento que cosecha recuerdos en su memoria quemada por el amanecer súbito e intranscendente del ayer. Miente a su sombra sobre el sol, concurre de madrugada al callejón de la paranoia e invita a su inquilina soledad a beber con él, para festejar el mañana, de otro que no es él, ni ella.
     Otro hombre camina por la plaza central de Catalunya, teniendo conocimiento del horario, 6 de la tarde pleno julio, el verano come vivo tus pies. Se acerca al puesto de gaseosas y compra la bebida anaranjada de conocimiento público. Paga en efectivo, cash, sin vuelto. Agradece y se va con la otra mano en el bolsillo, palpando el teléfono que lo condena al trabajo, y el engaña ese momento de placer de no trabajar, porque recuerda números, reuniones, palabras. El estar atado al destino eterno de no poder ni siquiera ignorar lo que uno es cuando intenta desconectar.
     Un chico viaja en el subte desde Camden Town hasta Piccadilly Circus. Lee un libro sobre un desconocido que busca en una ciudad sin nombre a una mujer, atravesando las calles de noche, sin tener en cuenta que no se busca el amor. El subte frena en las estaciones y él no se da cuenta que el amor está allí, o quizás esté en sus manos, y nunca más sepa lo que significa querer a alguien. Hasta se anima a pensar que el ayer es una alfombra para esconder lo que no hacemos hoy.
     Aquel que no tenemos en nuestras manos se quiebra de conocimiento cuando lee el diario que le cuenta sobre la increíble coincidencia de cruzarse con aquella persona que no sabe hasta mañana que lo atrapará y no dejará escapar para no hacerlo más que feliz, más que sonreír, más que no dejar de estar bien hasta que un día, sin previo aviso, sin cartel de anuncio, desaparezca como apareció, para dejar en él un vacío que no será llenado ni por el aire mismo, y crear un recuerdo que lo hará recordar constantemente aquella persona que una vez en su austera vida, lo quiso un poco más de lo que él quiso a esa persona. Esa es la historia sin fin.




domingo, 8 de noviembre de 2015

Dos cartas en caminos opuestos.



     "Esa misma mañana, el pájaro silbó bajito. Miré de reojo el sol acosador que me invitaba a desayunar. Al lado abracé tu hombro, que era el más lindo de todos los hombros. Miré tu cuerpo, hundido en curvas sin miedo, de las que disfruto recorrer sin pensar en lo que viene, sin importar el precipicio. Miré tu pelo, que cae como una sábana de tela delicada y exótica, de las que uno consigue en la India, de esas que al tocarlas, la mano pide disculpas por ensuciar tal obra de arte. Recorro tu espalda, me detengo en tu cola, sigo por tus piernas, y miro tus pies, buscando lo imperfecto entre tanta perfección. Tu perfume, impregnado en mi vida desde ese lunes a la tarde que te conocí, me envuelve en manos invisibles que le pegan una cachetada al sol, prolongando la sobrecama de ésta mañana.

     "Al despertarme, dudé un poco si me había quedado dormida, pero el aroma a feriado me tranquilizó. Miré de reojo y te sentí en mi espalda, y me sentí protegida por el amor más fidedigno de todos. Ni quería salir de la cama, la luz tenue del desayuno sin tostadas me achinaba la visión. Pero me di vuelta y te vi dormir boca arriba, con tu mano debajo de mi cola, y tu otra mano sobre tu pecho, silbando suavemente sin roncar, inflando y desinflando ese lugar donde tantas veces me apoyé en busca de sentimientos encontrados, que los tenemos, desde hace mucho, cuando me sentaba en ese banquito esperando que pasaras y me dijeras lo que sea. Miré tu nariz, de perfil sin detalles, amada por muchas pero mía, toda mía, como tus labios, que brotan de tu boca casi sin aviso, pero están a la espera del beso del buen día atónito, súbito, incapaz de soñar.”

Éste texto cuenta la historia de dos personas perdidamente enamoradas, pero incapaces de estar juntos por cuestiones geopolíticas. Uno, el hombre, el primero, describe el amor por su mujer en cartas que ella contesta, casi al instante, de modo que al leer una, el otro ya escribió la otra, por lo cual, las cartas son respuestas tardías, pero elocuentes, siguen un progreso que no hace más que enamorarlos más. Las cartas suelen escribirse en cursiva, utilizando la imprenta solo para las fechas. No se subrayan nada, ya que no quieren hacer hincapié en nada. En cada letra recuerdan aún más a la otra persona. Lo triste de la novela, es que nunca se enteraran cuando murieron.