Letras

"Todo mañana es la pizarra donde te invento y dibujo, pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio, esa sonrisa." Cortázar.

"Schopehnauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir, hojearlas, soñar." Borges.

"La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio". Cicerón

"La libertad está en ser dueños de la propia vida". Platón.

"Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer." Paulo Coelho

"En las adversidades sale a la luz la virtud." Aristóteles

"Lo que crece como resultado de la rudeza de los ignorantes no tiene efectos a no ser por casualidad". Umberto Eco

jueves, 5 de mayo de 2016

El barrio

El barrio es el camino eterno al kiosco a comprar una coca y unas papas, el jugar al metegol con todas las monedas que tenés. Es el fútbol en la calle, es el saludo a la distancia con el vecino de enfrente. El barrio es conocer las calles por quien vive y no por su nombre. Es ir y venir de memoria, no hay mapas ni flechas, no hay duda al caminar. Calles con doble sentido sin importar nada mas que andarlas. Es el colectivo que dobla sobre tu vereda, que las luces te llegan a los pies de tu cama, es el chofer que te saluda. El barrio es los amigos, la familia, la seguridad insegura de andarlo sin pensar en nada. Lees esto y aun no sabes que es el barrio, porque el barrio es más que todo lo que podes aprender en un trabajo, en una escuela, en una universidad. El barrio te enseña a ser quien sos, de donde sos, y quizás a donde vas. El barrio te muestra los códigos, te enseña a pedir perdón, a ayudar, te da alegrías, tristezas y muchas enseñanzas. El barrio te presenta tus primeros amigos y tus enemigos por el fútbol, la escondida, la rayuela o la chica/chico del almacén que todos quieren enamorar. El barrio es leer la tapa del diario en patas sobre la vereda a las 6 de la mañana sin que te importe nada ni nadie. El barrio es todo lo que ahora extrañas. Y no me digas que no, porque todos daríamos lo que sea por volver a la infancia un ratito largo.

jueves, 18 de febrero de 2016

Para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos

     Entre los ruidos de la casa y el silencio de la calle, no sabía hacia donde correr. Se conocía de memoria la mentira y era austero hasta para respirar, pero no quería dejar nada al libre albedrío, sabiendo que el amor era su enfermedad. Se dispuso a desayunar entre honores y sabandijas, entre sillones y mesas de papel que no hacían más que decorar un mundo que no existía, solo era ficción. Mintio a si mismo para escapar, el ciego era manco en su ignorante y siniestro caparazón. Era único, era religioso, era amoroso hasta con los enemigos, pero no era inteligente, por lo cual, siempre perdía consigo mismo cuando de besos caricias y susurros se trataba.
     Entre su memoria y la realidad casi no habia diferencia, olvidaba más de lo que recordaba porque nos indicaba de que había sufrido más de lo que era capaz. La confianza estaba perdida y los besos era lo que más extrañaba, pero estaba dispuesto a arriesgarse por amor. Se sentaba en pleno verano sobre el banco de la plaza local, y se imaginaba en unos años caminando por algún barrio de techos bajos, de la mano del todo, entendiendo que para ser feliz era necesario confiar en si. Nunca hablaba de su pasado pero ese día se sentó frente a la mesa, y luego de 3 vasos de whisky lo vomitó todo, menos comida.
     Entre todo, si se trata de disfrutar, el silencio le tapaba los ojos, nada mejor que su propia sombra para escapar. Durante la mañana una mano y de noche unos ojos gigantes que lo miraban al revés de como se mira, sin saber como se hace. Ve sobre las montañas las grietas de la vida, la decoración del cielo que no hace más que invitar a mirar el atardecer sobre el lago azul en una mañana de esas que si el café no te ayuda es dificil de continuar, el frío del momento número cero. Se vestía en silencio mientras el tiempo le pasaba por adelante, se enamoraba de nuevo y al instante dejaba de querer, sabiendo que una vez que se llega al amor es dificil irse. Y como sabía esto, decidió vivir, nunca olvidó las caricias del ayer. La luna lo mojaba sobre los ojos, como si le marcara el error, el ver es un sentido de los más dificiles de aprovechar. Porque el sabor es inconciente, el olor es inevitable, el oido solo transmite, y el tacto reconoce. Pero ver, va más allá, ver es pura y exlusiva voluntad, por eso siempre digo que el que logra ver superando esa falsa linea imaginaria que vendria a poner un limite entre lo absurdo y lo amoroso, es el verdadero personaje destinado a ser feliz. De ahi la frase, creo yo, de Julio Cortazar que titula este texto.

lunes, 1 de febrero de 2016

Mina de carbon


                Cuando el terreno se había terminado de limpiar, vieron en el horizonte al sol ponerse sin sobresaltos. Creían que la visibilidad estaba disminuida pero en realidad, estaban tan cerca de él que podían tocarlo sin quemarse las manos. Sentían el calor intenso e incomprensible de la estrella iluminándolos a la par de las luces de la calle que empezaban a apagarse por miedo a ser vencidas.
                Vieron el espectáculo más hermoso al creerse inmunes a los efectos del amor. Se abrazaron en silencio y se ataron de pies y manos al destino, sabiendo que lo lindo de no saber es el efecto sorpresa, el argumento austero del porque eso se dio y eso no, el amago a la corona de gloria que una vez describió Borges. Sentían en sus espaldas el epilogo del ayer y del mañana chocar frente a frente en un duelo del que no se sale victorioso sino que se sale con vida.
                Armaron una especie de campamento alrededor de lo que una vez fue una mina de carbón. Se sentaron con un termo de café, libros, y se pusieron a entender el diseño de la Capilla Sixtina o se metieron en los pueblos que siempre cuenta Gabo, para los cuales hay que estar entrenado, es difícil comprender que Macondo sea algo tan maravilloso. Se comieron las palabras sin tener en cuenta las letras ni los besos, se armaron de paciencia cuando el fuego se consumió. Buscaron como prender lo que una vez había sido una llama eterna y entendieron que las vivezas cuestan mucho más que dinero o joyas.
                Entre los árboles y los pájaros entendieron que el mañana es una ruta sin curvas a la cual uno elige de qué modo subir a andarla. Entendieron que el siniestro atardecer que suaviza las golondrinas adoradas por la tenue luz del fin del día puede decorar casi cualquier paisaje menos el que retrata la nostalgia de lo que no fue ni nunca será. Entendieron que el animarse a más es obra de dos y que el frenar siempre es de uno, no existe relación que muera por decisión consensuada. Entendieron que la única realidad es la que vemos nosotros, la que saboreamos sin entender porque, no sirve que nos cuenten lo que no vivimos. Entendieron que el entender es obra de uno, es creer en lo que nos dicen, es comprender monosílabos o fórmulas, es disfrutar del presente sin querer razonar sobre lo que nos pasa, simplemente admirarlo.
                De golpe, la monotonía de la rutina los envolvió en sueños de una noche de verano. Abrieron los ojos de golpe, uno aquí y otro allá, lejos de los dos pero cerca de ambos. Uno creyó que soñaba, hasta que el pellizco autoinfligido mostró lo opuesto. Ella creía que caminaba, pero en realidad el sueño seguía siendo parte de su momento. Y entre tanto, aplaudieron, concientes de la inconciencia de saber que todo lo que gira para uno mismo, gira para el otro. De eso se trata cuando queremos tocar el sol. De eso se trata cuando leemos a Borges. De eso se trata cuando entendemos a García Marquez. De eso se trata el dormir, el caminar, el creer, el saber, el admirar y el ayer. De eso se trata el destino. De eso se trata vivir.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Train Station number two.

     Un hombre se encuentra de pie frente al mar, saboreando el destino de su suerte, de su malicia, de su Marlboro Box a punto de morir en sus labios. Siente la brisa del viento que cosecha recuerdos en su memoria quemada por el amanecer súbito e intranscendente del ayer. Miente a su sombra sobre el sol, concurre de madrugada al callejón de la paranoia e invita a su inquilina soledad a beber con él, para festejar el mañana, de otro que no es él, ni ella.
     Otro hombre camina por la plaza central de Catalunya, teniendo conocimiento del horario, 6 de la tarde pleno julio, el verano come vivo tus pies. Se acerca al puesto de gaseosas y compra la bebida anaranjada de conocimiento público. Paga en efectivo, cash, sin vuelto. Agradece y se va con la otra mano en el bolsillo, palpando el teléfono que lo condena al trabajo, y el engaña ese momento de placer de no trabajar, porque recuerda números, reuniones, palabras. El estar atado al destino eterno de no poder ni siquiera ignorar lo que uno es cuando intenta desconectar.
     Un chico viaja en el subte desde Camden Town hasta Piccadilly Circus. Lee un libro sobre un desconocido que busca en una ciudad sin nombre a una mujer, atravesando las calles de noche, sin tener en cuenta que no se busca el amor. El subte frena en las estaciones y él no se da cuenta que el amor está allí, o quizás esté en sus manos, y nunca más sepa lo que significa querer a alguien. Hasta se anima a pensar que el ayer es una alfombra para esconder lo que no hacemos hoy.
     Aquel que no tenemos en nuestras manos se quiebra de conocimiento cuando lee el diario que le cuenta sobre la increíble coincidencia de cruzarse con aquella persona que no sabe hasta mañana que lo atrapará y no dejará escapar para no hacerlo más que feliz, más que sonreír, más que no dejar de estar bien hasta que un día, sin previo aviso, sin cartel de anuncio, desaparezca como apareció, para dejar en él un vacío que no será llenado ni por el aire mismo, y crear un recuerdo que lo hará recordar constantemente aquella persona que una vez en su austera vida, lo quiso un poco más de lo que él quiso a esa persona. Esa es la historia sin fin.




domingo, 8 de noviembre de 2015

Dos cartas en caminos opuestos.



     "Esa misma mañana, el pájaro silbó bajito. Miré de reojo el sol acosador que me invitaba a desayunar. Al lado abracé tu hombro, que era el más lindo de todos los hombros. Miré tu cuerpo, hundido en curvas sin miedo, de las que disfruto recorrer sin pensar en lo que viene, sin importar el precipicio. Miré tu pelo, que cae como una sábana de tela delicada y exótica, de las que uno consigue en la India, de esas que al tocarlas, la mano pide disculpas por ensuciar tal obra de arte. Recorro tu espalda, me detengo en tu cola, sigo por tus piernas, y miro tus pies, buscando lo imperfecto entre tanta perfección. Tu perfume, impregnado en mi vida desde ese lunes a la tarde que te conocí, me envuelve en manos invisibles que le pegan una cachetada al sol, prolongando la sobrecama de ésta mañana.

     "Al despertarme, dudé un poco si me había quedado dormida, pero el aroma a feriado me tranquilizó. Miré de reojo y te sentí en mi espalda, y me sentí protegida por el amor más fidedigno de todos. Ni quería salir de la cama, la luz tenue del desayuno sin tostadas me achinaba la visión. Pero me di vuelta y te vi dormir boca arriba, con tu mano debajo de mi cola, y tu otra mano sobre tu pecho, silbando suavemente sin roncar, inflando y desinflando ese lugar donde tantas veces me apoyé en busca de sentimientos encontrados, que los tenemos, desde hace mucho, cuando me sentaba en ese banquito esperando que pasaras y me dijeras lo que sea. Miré tu nariz, de perfil sin detalles, amada por muchas pero mía, toda mía, como tus labios, que brotan de tu boca casi sin aviso, pero están a la espera del beso del buen día atónito, súbito, incapaz de soñar.”

Éste texto cuenta la historia de dos personas perdidamente enamoradas, pero incapaces de estar juntos por cuestiones geopolíticas. Uno, el hombre, el primero, describe el amor por su mujer en cartas que ella contesta, casi al instante, de modo que al leer una, el otro ya escribió la otra, por lo cual, las cartas son respuestas tardías, pero elocuentes, siguen un progreso que no hace más que enamorarlos más. Las cartas suelen escribirse en cursiva, utilizando la imprenta solo para las fechas. No se subrayan nada, ya que no quieren hacer hincapié en nada. En cada letra recuerdan aún más a la otra persona. Lo triste de la novela, es que nunca se enteraran cuando murieron.

domingo, 18 de octubre de 2015

El lobo estepario

"Conseguir tanta ventura sensual y amorosa como si fuera humanamente posible con las dotes que le habían sido dadas, con su figura singular, sus colores, su cabello, su voz, su piel y su temperamento, hallar y producir en el amante respuesta, comprensión, y contrajuego animado y embriagador a todas sus facultades, a la flexibilidad de sus lineas, al delicadísimo modelado de su cuerpo, era lo que constituía su arte y su cometido."

Hermann Hesse

domingo, 11 de octubre de 2015

Diario de un Esquizofrénico: "Octaedro"

     Sonrió, y al instante recordó que cada sonrisa se paga en vida. Se acalambró el silencio de tanto callar. Un poco de café le ayudaría, gracias. El diario estaba a trasmano, las noticias te sacan ese pago extra. Vomitó sobre el recuerdo de lo que le pasó sin ignorancia, con plena conciencia de que su amor eterno estaba en algún lugar. Calmó su ansiedad con el tercer cigarrillo del mundo. Se creía reina en un castillo sin límites, fosa sin cocodrilos, puente de papel. Brindó con el aire para matar la ausencia, y pensó en ti cuando debería pensar en él. No quería entender, pero pidió un diccionario, el cual no había. Ahora la duda era gigante, o tal vez, era tan simple que el mismo enrosque le ponía piedras. Se miró al espejo, que le devolvió una pizarra para escribir todos los sueños que alguna vez vendió para comprar sonrisas de ceniza. Se quebró el aire, la ideología natal era una quimera acústica. A los botes diría el marinero. Le pesa la vida pero ella, pasa las hojas del libro como si fueran hojas de un árbol caído sobre el camino. Mira de reojo el pasado, que le susurra en la nuca lo que nunca hizo y nunca hará. Sabe bien que lo mejor es siempre hacer, de modo de evitar el arrepentimiento. Y ante la duda, asentir, para evitar citar a Gabo: “Contéstale que sí. Aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.”
     Cuando camina, parece esquivar el viento, el aire le roza la clavícula sin sobornar ese pelo que cae como cuenta gotas sobre los hombros. Aprieta los puños, la psicología diría que el nerviosismo toma cartas en el asunto, pero simplemente quiere relajar los músculos, que, contradictoriamente, están tensos. Sigue caminando por las sombras de los fantasmas del mañana. Una vez más, se cree monarca, se cree aquí y allá la dueña del todo, pero solamente es dueña del mismo sentimiento de duda que tienen todos. Se sienta en el banco de la plaza y admira como la tranquilidad es el centro de todos los ojos. Pide un mate, volviendo al ayer, camino al mañana. Pásame un poco de yerba, quedó en el bolso. Octaedro, La ciudad y los perros, La invención de Morel. ¿Qué leemos primero, Horacio? Que irresponsabilidad no saber qué hacer. Permítame señorita, el agua está demasiado caliente. Un sombrero no vendría nada mal. Guardare indietro. Me refiero al mismo teclado de piano de cola cuando digo que un abrazo es falso cuando no se cierran los ojos. Siéntese aquí y escuche la música.
     Se acercó al mostrador del bar, y se pidió un whisky doble sin hielo. Al lado había un libro sin dueño, del cual tomó una cita “Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria”. Cuando iba a incursionarse en la lectura, llegó la bebida. Casi de un saque introdujo el elixir en su organismo. Miraba el horizonte que se proclamaba a través de la ventana del bar que daba al mar, decorado al fondo con un barco blanco sin vela, y algo de arena. Decidió salir y aspirar el día nublado, frío, sombrío, apagado. El viento soplaba del sur, la gente se movía vestida de vestimentas largas. El viento le fumaba hasta la colilla. Se sacó los zapatos y se arremangó el pantalón para ingresar a la playa. Iba esquivando las piedras traicioneras que se ponen entre la arena escondidas. A medida que saboreaba la sal con mayor ímpetu, recordó su vida y entendió que para vivir a veces es necesario haber vivido mucho y de muchas formas. Entendió que un aplauso de pie no vale mucho más que la palmada en el hombro. Y dejó de pensar, porque llegó al agua, que estaba fría. “Nunca viví tanto”, meditó. El problema es saber medir ese tanto.